jueves, 24 de junio de 2021

 

Picó fuera

Mauricio Yáñez

 


Fue la tarde de un domingo de solsticio cuando, con el júbilo violento, se celebró la final del campeonato de futbol local. Sucedió en la desarrapada cancha del San Vicente, equipo del poblado del mismo nombre. El rival era la oncena de la empresa ladrillera de la comunidad vecina: La Calera.

                        Anselmo Ramírez fue juez de línea en el encuentro que definió al campeón. Tarde aciaga para él. El día le comenzó con presagios de mal agüero. Saludó a su madre y a Lucía, su mujer, con un atragantado «buenos días». Todo era por el partido de esa tarde. Estaba tenso.

                        Había sido juez de línea muchas veces y árbitro central otras tantas, pero esa tarde le tocaba formar parte de la tripleta arbitral en la final que jugaría el equipo de sus amores, la escuadra que siguió desde niño y que, en el torneo local, nunca había llegado a una final: el San Vicente.

                        El San Vicente era un equipo malo. De todos sus partidos ganaba uno o dos cada año, algunos empates y muchos perdidos, así que llegar a una final era un acontecimiento. La tendencia perdedora empezó a revertirse cuando a sus filas llegó el “Morocho” Ruvalcaba. Con el Morocho, el San Vicente creció hasta los primeros sitios. Ese mismo torneo había ganado más de la mitad de sus encuentros, empató el resto y sólo perdió en dos ocasiones, ambas por el mínimo marcador.

                        Era media mañana al momento en que Anselmo Ramírez se dispuso a preparar su atuendo deportivo. La tripleta llevaría traje nuevo. Sacó los botines del empaque y se percató que no tenían agujetas. Para Ramírez, la falta de agujetas representó otra mala señal. A los calzados nuevos les colocó los cordones que tenía de los zapatos menos gastados.

                        El juego estaba pactado para las cinco de la tarde. Anselmo Ramírez llegó al deportivo de San Vicente con dos horas de antelación. El otro juez de línea era de La Calera y el árbitro central era de San Jorge, comunidad cercana a la capital. Las gradas ya estaban llenas.

                        La denostación era el signo de la tarde. Al salir al campo de juego para realizar su calistenia las porras de los equipos los abuchearon. El árbitro central les dijo: «no miren al público, concéntrense en su ejercicio y en lo que saben hacer. Ustedes son los mejores, sino la liga no los hubiera escogido. Tranquilos».



                        A las cinco en punto inició el encuentro. El fútbol es un juego de presión y precisión, pocos son los que saben administrar ambos conceptos. Durante el primer tiempo el marcador no se movió y así se fueron al descanso. En la segunda mitad, al minuto setenta, La Calera se ponía uno a cero. La tribuna se silenció. Los minutos avanzaban.

                        Cinco minutos antes del final del juego, pasado el medio campo, el Morocho Ruvalcaba tomó el balón, sirvió un pase adelantado a Lorenzo Bermúdez y éste devolvió la pared, dejando al Morocho al filo del área grande. Ruvalcaba no lo pensó y prendió el balón con un zurdazo escalofriante que atravesó la línea defensiva del equipo rival. Fue sólo un instante, el universo se detuvo en la línea de gol del cuadro visitante. El balón pegó en el travesaño y picó con un bote que permitió a un defensa despejarlo hacia la banda. Por la velocidad de la acción, el árbitro central había quedado lejos de la jugada, el línea a cargo de esa meta era Anselmo Ramírez. Con el rostro lleno de ansiedad, el árbitro central volteó a mirarlo para saber qué marcar: saque de banda o gol, los jugadores del San Vicente ya celebraban el empate. Preguntó a su asistente: «¿Picó dentro o fuera?». Ramírez, sin dudarlo, movió su banderín a un costado y contestó: «Picó fuera». Esa temporada, el conjunto de La Calera se proclamó campeón.



                        Ya entrada la noche, Anselmo Ramírez regresó a su vivienda. Llevaba los sentimientos adversos. Para él era impensable ayudar al equipo de sus amores y faltar a la ética profesional del arbitraje. Tenía pocos amigos, no bebía, nunca había cometido adulterio y tampoco, en un terreno de juego, nunca había favorecido a ningún equipo.

                        Al llegar a su casa notó que las luces estaban apagadas, le llamó la atención que Lucía y su madre no estuvieran frente al televisor, las encontró acostadas y dispuestas para dormir.

                        La mañana siguiente tuvo aires funestos. Como siempre, muy temprano salió a trotar para aflojar los músculos, se percató que algunos corredores cambiaban la mirada para no encontrarse con la suya. «¿Qué pasa?», se preguntó en silencio. Prefirió dejar el ejercicio para después y regresar a su casa. Al verlo, su madre sólo gruñó a manera de saludo, Lucía pretextó una urgencia y salió de la vivienda, ninguna le ofreció desayuno. «También en casa me recriminan no haber dado por bueno un gol que no era, ¡no es posible!», se dijo.

                        Los días se sucedieron y las cosas no cambiaban en su casa ni en el pueblo. La gente le retiró el habla, Lucía y la madre apenas le dirigían la palabra. Dado el nivel de rechazo que empezó a sentir en el pueblo y para evitar alguna agresión en su contra o en contra de su madre o de su esposa, decidió buscar alojamiento en otro pueblo. Cuando encontró una casa que se ajustaba a sus necesidades y exiguos ingresos se presentó ante su madre y Lucía para exponerles la situación.

                        ¾Tenemos que irnos de aquí, aunque sea momentáneamente, ya luego veremos.

                        ¾Pues yo de aquí no me muevo. Vete tú si tienes miedo. Además yo no anulé un gol a nuestro equipo ¾dijo su madre.

                        ¾Aquí están mis padres, ¿cómo me voy a ir y dejarlos, si ya están viejos? ¾terció Lucía, ya con lágrimas en los ojos.

 

 

                        Le dolía haber dejado a su madre y a Lucía en San Vicente, pero las cosas se iban poniendo peor con la gente de esa comunidad. Así estaba mejor. Un par de meses buscó infructuosamente que alguien le diera empleo, pero fue inútil, nadie quería como su empleado a un árbitro venido a menos. Se construyó un cajón para lustrar zapatos y a eso se dedicó. Al principio le fue difícil entrar a las cantinas y bares en busca de clientes que quisiera limpiar su calzado. En ocasiones los borrachos lo reconocían y se burlaban de él, llamándolo traidor y ni la boleada le pagaban.

                        Dos años habían pasado. En su nueva casa, su madre lo había visitado dos o tres veces, Lucía nunca se paró en ella, cuando preguntaba por su esposa, la madre solía contestar que la mujer estaba bien allá en San Vicente, después tampoco la madre volvió. La noche de un 29 de septiembre, noche de lluvia gruesa, Ramírez estaba en el bar de don Hipólito, esperaba la llegada de parroquianos que requirieran los servicios del ex árbitro, ahora bolero. El tercer o cuarto cliente de la noche era un hombre alegre y dicharachero, Anselmo levantó la mirada e inmediatamente reconoció de quien era la voz, allí estaba el Morocho Ruvalcaba, él también lo reconoció. Cuando hubo terminado el aseo del calzado del Morocho, se puso en pie y saludó al jugador del cuadro San Vicente, éste le tendió la mano y dijo sin rubor en la cara:

                        —Usted tuvo razón, ese balón picó fuera.

                        ¾¿Morocho?, tienes que ayudarme, por favor.

                        ¾Desde luego, ¿qué quiere que haga?

                        ¾Que le digas a la gente del pueblo lo que me acabas de decir a mí.

                        ¾Lo he dicho siempre, pero creo que ya a nadie le importa. Seguimos siendo un buen equipo y quizá este año también juguemos la final.

                        Las palabras del Morocho barrenaron su resistencia, Anselmo regresó al lugar que rentaba y empacó sus escasas propiedades. Esa misma noche partió rumbo a San Vicente. Se fue a pie. Llegó al amanecer.

                        Entró al poblado por una de las fantasmales calles que dan a la plaza cívica. Escasas sombras transitaban en esos momentos. Llegó a su antigua vivienda y notó la ruina en que se encontraba. Entró y quedó estupefacto con lo que vio. No había nadie y todo estaba regado en el piso, algunos roedores ya eran los dueños de la casa. «¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban las mujeres?», se preguntó. Salió a buscar respuestas. En la casa de sus suegros lo enteraron: Su madre había muerto meses atrás y Lucía ya vivía con otro hombre, de hecho, recién había tenido su primer hijo.

                        Los primeros días los ocupó en restablecer el hogar materno. En el panteón visitó la tumba de su madre y dejó un ramo de flores. Una tarde, vio a Lucía cargando un niño, no se inmutó, tampoco intentó reclamarle nada. La gente le saludaba nuevamente, ya habían olvidado el incidente del gol anulado. Volvió al entrenamiento. La liga le dio trabajo como árbitro de futbol. El campeonato ya iba muy avanzado.

                        Es bien sabido que el futbol siempre ofrece una segunda oportunidad. Ese año, por segunda vez en su historia, el San Vicente llegó a la final. Esa ocasión frente al equipo de la capital, Club de Futbol Guerrero. Anselmo Ramírez había sido designado juez de línea para el partido por el campeonato, en la cancha del San Vicente.



                        La tarde del domingo de la final lucía limpia y fresca, era imposible que Ramírez no reviviera lo vivido años antes y lo que aquel partido le había cambiado la vida. El inicio del juego prendió el júbilo de la gradería. El primer tiempo se hizo agua. Minuto ochenta y siete, José Luna, volante ofensivo del Club Guerrero se descolgó por la banda derecha, dribló al único defensa que lo separaba de quedar frente al portero, Anselmo Ramírez, el juez de línea, corrió al mismo galope del delantero para no perder la jugada, José Luna llegó al filo del área grande, el portero del equipo local le salió al encuentro, ante la salida del guardameta el delantero no lo pensó, desde el filo del área disparó, el balón cobró altura, pegó en el travesaño y bajó. Allí estaba nuevamente, era la burla del destino, Ramírez tuvo una visión que duró una fracción de segundo: vio su casa destruida, la tumba abandonada de su madre, a Lucía con el hijo de otro en brazos, y no lo dudó ni un instante, tan luego cayó el balón, Anselmo corrió desaforadamente hacia el centro del campo dando por bueno el gol, con la plena certeza en la conciencia de que ese balón, como el de años atrás, picó fuera.

 

 

Ciudad de México, 4 de junio de 2015.

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