Picó
fuera
Mauricio Yáñez
Fue la tarde de un domingo de solsticio cuando,
con el júbilo violento, se celebró la final del campeonato de futbol local. Sucedió
en la desarrapada cancha del San Vicente, equipo del poblado del mismo nombre. El
rival era la oncena de la empresa ladrillera de la comunidad vecina: La Calera.
Anselmo
Ramírez fue juez de línea en el encuentro que definió al campeón. Tarde aciaga
para él. El día le comenzó con presagios de mal agüero. Saludó a su madre y a
Lucía, su mujer, con un atragantado «buenos días». Todo era por el partido de
esa tarde. Estaba tenso.
Había
sido juez de línea muchas veces y árbitro central otras tantas, pero esa tarde
le tocaba formar parte de la tripleta arbitral en la final que jugaría el
equipo de sus amores, la escuadra que siguió desde niño y que, en el torneo
local, nunca había llegado a una final: el San Vicente.
El
San Vicente era un equipo malo. De todos sus partidos ganaba uno o dos cada año,
algunos empates y muchos perdidos, así que llegar a una final era un acontecimiento.
La tendencia perdedora empezó a revertirse cuando a sus filas llegó el “Morocho”
Ruvalcaba. Con el Morocho, el San Vicente creció hasta los primeros sitios. Ese
mismo torneo había ganado más de la mitad de sus encuentros, empató el resto y
sólo perdió en dos ocasiones, ambas por el mínimo marcador.
Era
media mañana al momento en que Anselmo Ramírez se dispuso a preparar su atuendo
deportivo. La tripleta llevaría traje nuevo. Sacó los botines del empaque y se
percató que no tenían agujetas. Para Ramírez, la falta de agujetas representó
otra mala señal. A los calzados nuevos les colocó los cordones que tenía de los
zapatos menos gastados.
El
juego estaba pactado para las cinco de la tarde. Anselmo Ramírez llegó al
deportivo de San Vicente con dos horas de antelación. El otro juez de línea era
de La Calera y el árbitro central era de San Jorge, comunidad cercana a la
capital. Las gradas ya estaban llenas.
La
denostación era el signo de la tarde. Al salir al campo de juego para realizar
su calistenia las porras de los equipos los abuchearon. El árbitro central les
dijo: «no miren al público, concéntrense en su ejercicio y en lo que saben
hacer. Ustedes son los mejores, sino la liga no los hubiera escogido.
Tranquilos».
A
las cinco en punto inició el encuentro. El fútbol es un juego de presión y
precisión, pocos son los que saben administrar ambos conceptos. Durante el
primer tiempo el marcador no se movió y así se fueron al descanso. En la
segunda mitad, al minuto setenta, La Calera se ponía uno a cero. La tribuna se
silenció. Los minutos avanzaban.
Cinco
minutos antes del final del juego, pasado el medio campo, el Morocho Ruvalcaba
tomó el balón, sirvió un pase adelantado a Lorenzo Bermúdez y éste devolvió la
pared, dejando al Morocho al filo del área grande. Ruvalcaba no lo pensó y
prendió el balón con un zurdazo escalofriante que atravesó la línea defensiva
del equipo rival. Fue sólo un instante, el universo se detuvo en la línea de
gol del cuadro visitante. El balón pegó en el travesaño y picó con un bote que
permitió a un defensa despejarlo hacia la banda. Por la velocidad de la acción,
el árbitro central había quedado lejos de la jugada, el línea a cargo de esa
meta era Anselmo Ramírez. Con el rostro lleno de ansiedad, el árbitro central
volteó a mirarlo para saber qué marcar: saque de banda o gol, los jugadores del
San Vicente ya celebraban el empate. Preguntó a su asistente: «¿Picó dentro o
fuera?». Ramírez, sin dudarlo, movió su banderín a un costado y contestó: «Picó
fuera». Esa temporada, el conjunto de La Calera se proclamó campeón.
Ya
entrada la noche, Anselmo Ramírez regresó a su vivienda. Llevaba los
sentimientos adversos. Para él era impensable ayudar al equipo de sus amores y faltar
a la ética profesional del arbitraje. Tenía pocos amigos, no bebía, nunca había
cometido adulterio y tampoco, en un terreno de juego, nunca había favorecido a
ningún equipo.
Al
llegar a su casa notó que las luces estaban apagadas, le llamó la atención que
Lucía y su madre no estuvieran frente al televisor, las encontró acostadas y
dispuestas para dormir.
La
mañana siguiente tuvo aires funestos. Como siempre, muy temprano salió a trotar
para aflojar los músculos, se percató que algunos corredores cambiaban la
mirada para no encontrarse con la suya. «¿Qué pasa?», se preguntó en silencio.
Prefirió dejar el ejercicio para después y regresar a su casa. Al verlo, su
madre sólo gruñó a manera de saludo, Lucía pretextó una urgencia y salió de la
vivienda, ninguna le ofreció desayuno. «También en casa me recriminan no haber
dado por bueno un gol que no era, ¡no es posible!», se dijo.
Los
días se sucedieron y las cosas no cambiaban en su casa ni en el pueblo. La
gente le retiró el habla, Lucía y la madre apenas le dirigían la palabra. Dado
el nivel de rechazo que empezó a sentir en el pueblo y para evitar alguna
agresión en su contra o en contra de su madre o de su esposa, decidió buscar
alojamiento en otro pueblo. Cuando encontró una casa que se ajustaba a sus
necesidades y exiguos ingresos se presentó ante su madre y Lucía para
exponerles la situación.
¾Tenemos que irnos de aquí,
aunque sea momentáneamente, ya luego veremos.
¾Pues yo de aquí no me muevo.
Vete tú si tienes miedo. Además yo no anulé un gol a nuestro equipo ¾dijo su madre.
¾Aquí están mis padres, ¿cómo
me voy a ir y dejarlos, si ya están viejos? ¾terció
Lucía, ya con lágrimas en los ojos.
Le
dolía haber dejado a su madre y a Lucía en San Vicente, pero las cosas se iban
poniendo peor con la gente de esa comunidad. Así estaba mejor. Un par de meses
buscó infructuosamente que alguien le diera empleo, pero fue inútil, nadie
quería como su empleado a un árbitro venido a menos. Se construyó un cajón para
lustrar zapatos y a eso se dedicó. Al principio le fue difícil entrar a las
cantinas y bares en busca de clientes que quisiera limpiar su calzado. En
ocasiones los borrachos lo reconocían y se burlaban de él, llamándolo traidor y
ni la boleada le pagaban.
Dos
años habían pasado. En su nueva casa, su madre lo había visitado dos o tres
veces, Lucía nunca se paró en ella, cuando preguntaba por su esposa, la madre
solía contestar que la mujer estaba bien allá en San Vicente, después tampoco
la madre volvió. La noche de un 29 de septiembre, noche de lluvia gruesa, Ramírez
estaba en el bar de don Hipólito, esperaba la llegada de parroquianos que
requirieran los servicios del ex árbitro, ahora bolero. El tercer o cuarto
cliente de la noche era un hombre alegre y dicharachero, Anselmo levantó la
mirada e inmediatamente reconoció de quien era la voz, allí estaba el Morocho
Ruvalcaba, él también lo reconoció. Cuando hubo terminado el aseo del calzado
del Morocho, se puso en pie y saludó al jugador del cuadro San Vicente, éste le
tendió la mano y dijo sin rubor en la cara:
—Usted
tuvo razón, ese balón picó fuera.
¾¿Morocho?, tienes que
ayudarme, por favor.
¾Desde luego, ¿qué quiere que
haga?
¾Que le digas a la gente del
pueblo lo que me acabas de decir a mí.
¾Lo he dicho siempre, pero creo
que ya a nadie le importa. Seguimos siendo un buen equipo y quizá este año
también juguemos la final.
Las
palabras del Morocho barrenaron su resistencia, Anselmo regresó al lugar que
rentaba y empacó sus escasas propiedades. Esa misma noche partió rumbo a San
Vicente. Se fue a pie. Llegó al amanecer.
Entró
al poblado por una de las fantasmales calles que dan a la plaza cívica. Escasas
sombras transitaban en esos momentos. Llegó a su antigua vivienda y notó la
ruina en que se encontraba. Entró y quedó estupefacto con lo que vio. No había
nadie y todo estaba regado en el piso, algunos roedores ya eran los dueños de
la casa. «¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban las mujeres?», se preguntó. Salió a
buscar respuestas. En la casa de sus suegros lo enteraron: Su madre había
muerto meses atrás y Lucía ya vivía con otro hombre, de hecho, recién había
tenido su primer hijo.
Los
primeros días los ocupó en restablecer el hogar materno. En el panteón visitó
la tumba de su madre y dejó un ramo de flores. Una tarde, vio a Lucía cargando
un niño, no se inmutó, tampoco intentó reclamarle nada. La gente le saludaba
nuevamente, ya habían olvidado el incidente del gol anulado. Volvió al entrenamiento.
La liga le dio trabajo como árbitro de futbol. El campeonato ya iba muy
avanzado.
Es
bien sabido que el futbol siempre ofrece una segunda oportunidad. Ese año, por
segunda vez en su historia, el San Vicente llegó a la final. Esa ocasión frente
al equipo de la capital, Club de Futbol Guerrero. Anselmo Ramírez había sido
designado juez de línea para el partido por el campeonato, en la cancha del San
Vicente.
La
tarde del domingo de la final lucía limpia y fresca, era imposible que Ramírez
no reviviera lo vivido años antes y lo que aquel partido le había cambiado la
vida. El inicio del juego prendió el júbilo de la gradería. El primer tiempo se
hizo agua. Minuto ochenta y siete, José Luna, volante ofensivo del Club
Guerrero se descolgó por la banda derecha, dribló al único defensa que lo
separaba de quedar frente al portero, Anselmo Ramírez, el juez de línea, corrió
al mismo galope del delantero para no perder la jugada, José Luna llegó al filo
del área grande, el portero del equipo local le salió al encuentro, ante la
salida del guardameta el delantero no lo pensó, desde el filo del área disparó,
el balón cobró altura, pegó en el travesaño y bajó. Allí estaba nuevamente, era
la burla del destino, Ramírez tuvo una visión que duró una fracción de segundo:
vio su casa destruida, la tumba abandonada de su madre, a Lucía con el hijo de
otro en brazos, y no lo dudó ni un instante, tan luego cayó el balón, Anselmo
corrió desaforadamente hacia el centro del campo dando por bueno el gol, con la
plena certeza en la conciencia de que ese balón, como el de años atrás, picó
fuera.
Ciudad de México, 4 de junio de 2015.




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