martes, 10 de mayo de 2016

26 de mayo de 1985







Al mediodía, en el estadio olímpico de Ciudad Universitaria, se jugaría el partido de vuelta de la final del torneo mexicano de fútbol (temporada 1984-1985), entre los Pumas de la Universidad y el equipo América. Ambas escuadras de la capital del país. Fue un domingo de mayo, amaneció cálido, la temperatura iría subiendo de apoco.

La historia empezó tres días antes, la noche del jueves 23, en la cancha del estadio Azteca en la que se registró un empate 1-1. Ese resultado hizo que durante las siguientes horas la expectativa creciera, creciera, creciera…..

Antes de las diez de la mañana, del domingo 26, los alrededores de CU se fueron llenando de aficionados, mayoritariamente de los Pumas, también se dejaban ver algunas playeras amarillas, unos cientos, los locales se contaban por miles. Aún faltaban más de dos horas para el inicio del encuentro y el estadio ya acusaba sobrecupo. Se veía gente que seguía entrando al inmueble. ¿Dónde se acomodarían estos fanáticos? En las afueras del estadio, algunas personas seguían su andar con dirección al mismo sitio, ya no había espacio para más, ellos llevaban su boleto en la mano y querían entrar. Había niños, miles, dentro y fuera.

Llegado el momento, la desesperación, sumada a la ineficiencia, dejó en claro la falta de capacitación del personal responsable de atender una situación de emergencia como la que minuto a minuto se iba gestando en torno al estadio de la Universidad. Alguien dio una orden: «cerrar los accesos al estadio», no fue cumplida a cabalidad, el o los responsables del túnel 29 permitieron que algunas personas siguieran su camino hacia el interior, lo que ocasionó que esa puerta se colapsara. Dentro del estadio había un “tapón de cuerpos humanos” justamente en ese acceso, el túnel 29; afuera, los enardecidos aficionados gritaban «¡portazo! ¡portazo!», imposible. Lo que siguió es caso de novela de horror.

Algunas crónicas hablan de 8, 10 u 11 muertos. El número se ha diluido con el paso del tiempo, los muertos no, ahí siguen tan igual como ese 26 de mayo. El número de lesionados también es algo incierto, va en aumento, desde 56 y llega a 70, de gravedad 39.

La fatalidad, como rémora, nos alcanzó. De ese 26 de mayo a nuestra actualidad han pasado más de treinta años y de lo que fue una verdadera tragedia, según acontecimientos de reciente cuño, no se aprendió nada. Desde luego, sólo me refiero a hechos acontecidos en torno al tema de la violencia en el fútbol, que bien pueden servir como botón de muestra en cuanto a la violencia social que hoy tanto preocupa en México. Lo sucedido en Ciudad Universitaria fue y sigue siendo el síntoma que se repite constantemente y cada vez con mayor regularidad.

Tratar de entender lo irracional, parecería un ejercicio por demás ocioso y hasta demencial, me explico: “El fútbol es sólo un juego”. En la aseveración va implícito el argumento. Cómo es posible que este deporte espectáculo rebase a las autoridades responsables del orden ¿cómo? Si de suyo, la autoridad tiene el control legítimo de los cuerpos de seguridad local, estatal e incluso federal, pero muy poco o nada han podido hacer cuando de violencia en los estadios se trata.

Durante estos años hemos visto el creciente aumento de la violencia en los estadios de fútbol, en los que aficionados de uno y otro equipo, incluso del mismo bando, se lían a golpes tratando de realizar las hazañas que sus “héroes” en la cancha no han conseguido, es decir, vencer al rival.

¿Qué se espera que suceda? otra tragedia como la de aquel 26 de mayo de 1985 o un desastre mayor, para que los involucrados en la administración del fútbol (directivos de los clubes, federativos, autoridades civiles, porras o “barras” de los equipos), lleven a cabo las acciones necesarias para contrarrestan los nefastos efectos de la violencia.

Por lo que se alcanza a vislumbrar en el futuro inmediato, muchas páginas habrán de escribirse sobre este tema, mucha tinta habrá de correr para hablar de este síndrome disfuncional, tinta que esta vez y las subsecuentes, aunque cause escozor admitirlo, tiñe de rojo.

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