Al
mediodía, en el estadio olímpico de Ciudad Universitaria, se jugaría el partido
de vuelta de la final del torneo mexicano de fútbol (temporada 1984-1985), entre
los Pumas de la Universidad y el equipo América. Ambas escuadras de la capital
del país. Fue un domingo de mayo, amaneció cálido, la temperatura iría subiendo
de apoco.
La
historia empezó tres días antes, la noche del jueves 23, en la cancha del
estadio Azteca en la que se registró un empate 1-1. Ese resultado hizo que
durante las siguientes horas la expectativa creciera, creciera, creciera…..
Antes
de las diez de la mañana, del domingo 26, los alrededores de CU se fueron
llenando de aficionados, mayoritariamente de los Pumas, también se dejaban ver
algunas playeras amarillas, unos cientos, los locales se contaban por miles.
Aún faltaban más de dos horas para el inicio del encuentro y el estadio ya
acusaba sobrecupo. Se veía gente que seguía entrando al inmueble. ¿Dónde se
acomodarían estos fanáticos? En las afueras del estadio, algunas personas
seguían su andar con dirección al mismo sitio, ya no había espacio para más,
ellos llevaban su boleto en la mano y querían entrar. Había niños, miles,
dentro y fuera.
Llegado
el momento, la desesperación, sumada a la ineficiencia, dejó en claro la falta
de capacitación del personal responsable de atender una situación de emergencia
como la que minuto a minuto se iba gestando en torno al estadio de la
Universidad. Alguien dio una orden: «cerrar los accesos al estadio», no fue
cumplida a cabalidad, el o los responsables del túnel 29 permitieron que
algunas personas siguieran su camino hacia el interior, lo que ocasionó que esa
puerta se colapsara. Dentro del estadio había un “tapón de cuerpos humanos”
justamente en ese acceso, el túnel 29; afuera, los enardecidos aficionados
gritaban «¡portazo! ¡portazo!», imposible. Lo que siguió es caso de novela de
horror.
Algunas
crónicas hablan de 8, 10 u 11 muertos. El número se ha diluido con el paso del
tiempo, los muertos no, ahí siguen tan igual como ese 26 de mayo. El número de
lesionados también es algo incierto, va en aumento, desde 56 y llega a 70, de
gravedad 39.
La
fatalidad, como rémora, nos alcanzó. De ese 26 de mayo a nuestra actualidad han
pasado más de treinta años y de lo que fue una verdadera tragedia, según
acontecimientos de reciente cuño, no se aprendió nada. Desde luego, sólo me
refiero a hechos acontecidos en torno al tema de la violencia en el fútbol, que
bien pueden servir como botón de muestra en cuanto a la violencia social que
hoy tanto preocupa en México. Lo sucedido en Ciudad Universitaria fue y sigue
siendo el síntoma que se repite constantemente y cada vez con mayor
regularidad.
Tratar
de entender lo irracional, parecería un ejercicio por demás ocioso y hasta
demencial, me explico: “El fútbol es sólo un juego”. En la aseveración va
implícito el argumento. Cómo es posible que este deporte espectáculo rebase a
las autoridades responsables del orden ¿cómo? Si de suyo, la autoridad tiene el
control legítimo de los cuerpos de seguridad local, estatal e incluso federal,
pero muy poco o nada han podido hacer cuando de violencia en los estadios se
trata.
Durante
estos años hemos visto el creciente aumento de la violencia en los estadios de
fútbol, en los que aficionados de uno y otro equipo, incluso del mismo bando,
se lían a golpes tratando de realizar las hazañas que sus “héroes” en la cancha
no han conseguido, es decir, vencer al rival.
¿Qué
se espera que suceda? otra tragedia como la de aquel 26 de mayo de 1985 o un
desastre mayor, para que los involucrados en la administración del fútbol
(directivos de los clubes, federativos, autoridades civiles, porras o “barras”
de los equipos), lleven a cabo las acciones necesarias para contrarrestan los
nefastos efectos de la violencia.
Por
lo que se alcanza a vislumbrar en el futuro inmediato, muchas páginas habrán de
escribirse sobre este tema, mucha tinta habrá de correr para hablar de este
síndrome disfuncional, tinta que esta vez y las subsecuentes, aunque cause
escozor admitirlo, tiñe de rojo.
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