En esta ocasión el blog de Los Goles del Ángel se enorgullece de contar con la participación del escritor argentino Eduardo Sacheri.
Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires, Argentina en 1967, estudió la carrera de Historia y dio inicio a su labor como autor
literario escribiendo relatos cortos, en especial cuentos en torno al mundo del
fútbol.
Ha publico los libros de relatos Los Traidores y Otros Cuentos (2000)
(llamado en su país Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol), Te
Conozco, Mendizábal y Otros Cuentos (2001), Lo Raro Empezó Después, Cuentos
de Fútbol y Otros Relatos (2004) y Un Viejo Que Se Pone De Pie y Otros
Cuentos (2007).
Su primera novela fue El Secreto de Sus Ojos (2005), un libro originalmente
llamado La Pregunta de sus Ojos que fue llevado al cine por Juan José Campanella
en el año 2009, que cuenta la investigación por parte de un funcionario judicial de un caso de violación y asesinato.
El cuento que aquí presentamos "De chilena" fue tomado de la siguiente página electrónica:
Esta entrada fue publicada el lunes, 11 de febrero de 2013.
La foto se tomó de su cuenta de twitter:@eduardosacheri
DE CHILENA
Eduardo Sacheri
Ayer a Anita se la llevaron un rato
largo a firmar un montón de papeles. Al volver, ella dijo que no había
entendido muy bien, porque eran muchos formularios distintos, con letra chica y
apretada. Supongo que me habrá mirado varias veces, buscando un gesto que le
calmara las angustias. Pero yo estaba de un ánimo tan sombrío, tan espantado
por el olor a catástrofe en ciernes, que evité con cierto éxito el cruce
inquisitivo de sus ojos.
Los doctores dicen que,
prácticamente, no hay manera casi de que salgas de ésta. Y lo dicen muy serios,
muy calmos, muy convencidos. Con la parsimonia y la lejanía de quienes están
habituados a transmitir pésimas noticias. El más claro, el más sincero, como
siempre, fue Rivas, cuando salió a la tarde tempranito de revisarte. Cerró la
puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo a Anita que lo acompañara a la
sala del fondo y la tomó del brazo con ese aire grave, casi de pésame
anticipado. Yo me levanté de un brinco y me fui con ellos, pobre Anita, para
que no estuviera sola al escuchar lo que el otro iba a decirle.
Rivas estuvo bien, justo es decirlo.
Nos hizo sentar, nos sirvió té, nos explicó sin prisa, y hasta nos hizo un
dibujito en un recetario. Anita lo toleró como si estuviera forjada en hierro.
Y te digo la verdad, si yo no me quebré fue por ella. Yo pensaba ¿cómo me voy a
poner a llorar si esta piba se lo está bancando a pie firme? Cuando Rivas
terminó, supongo que algo intimidado ante la propia desolación que había
desnudado, Anita, muy seria y casi tranquila (aunque me tenía aferrado el brazo
con una mano que parecía una garra, de tan apretada), le pidió que le
especificara bien cuáles eran las posibilidades. El médico, que garabateaba el
dibujo que había estado haciendo, y que había hablado mirando el escritorio,
levantó la cabeza y la miró bien fijo, a través de sus lentes chiquitos. «Es
casi imposible». Así nomás se lo dijo. Sin atenuantes y sin preámbulos. Anita
le dio las gracias, le estrechó la mano y salió casi corriendo. Ahora quería
estar sola, encerrarse en el baño de mujeres a llorar un rato a gritos,
pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren de carga. Me dolía
todo el cuerpo, y tenía un nudo bestial en la garganta. Pero como Anita se
había portado tan bien, me sentí obligado a guardar compostura. Le di las
gracias por las explicaciones, y también por no habernos mentido inútilmente.
Ahí él se aflojó un poco. Hizo una mueca parecida a una sonrisa y me dijo que
lo sentía mucho, que iba a hacer todo lo posible, que él mismo iba a conducir
la operación, pero que para ser sincero la veía muy fulera.
A la tarde, la familia en pleno ganó
tu habitación y desplegó un aquelarre lastimoso. Todos daban vueltas por la
pieza, casi negándose a irse, como sí quedándose pudieran torcer al destino y
enderezarte la suerte. Vos seguías en tu sopor distante, en esa modorra quieta
que te había ido ganando con el transcurso de los días. Ni siquiera comer
querías. Dormías casi todo el día. Con Anita apenas cruzabas dos palabras. Y a
mí te me quedabas mirando fijo, como sabiendo, como esperando que yo me
aflojara y terminara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que a vos te
conté nomás por arriba para que no te asustases. Cuando me clavabas los ojos yo
miraba para otro lado, o salía disparado con la excusa de irme a fumar al baño
del corredor. Y encima ese cónclave familiar que armamos sin proponérnoslo,
pero que tampoco fuimos capaces de ahorrarte. Ayer estaban todos: papá, Mirta,
José, el Cholo, y hasta la madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a
los chicos para que te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los atajé
a tiempo saliendo del ascensor y los despaché de vuelta. Venían con cara de
pánico, como queriendo rajar en seguida. Así que les di las gracias por pasar y
les evité el mal trago.
Después llegó la hora macabra del
atardecer. No hay peor hora en un hospital que ésa. La luz mortecina estallando
en el vidrio esmerilado. El olor a comida de hospicio colándose bajo las
puertas. Los tacos de las mujeres alejándose por el corredor. La ciudad
calmándose de a poco, ladrando más bajo, con menos estridencia, dejando a los
enfermos sin siquiera la estúpida compañía de su bullicio.
Para entonces, la pieza era un
velorio. Faltaba sólo la luz de un par de cirios, y el olor marchito de las
flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros culposos, miradas
compasivas hacia tu lecho. Justo ahí fue cuando abriste los ojos. Yo pensé que
era una desgracia. Anita trataba de convencerlo a papá de que se volviera a Quilmes,
y él porfiaba que de ninguna manera. Mirta hojeaba una revista con cara de
boba. José te miraba con expresión de «que en paz descanses». Era cosa de que
si hasta ese momento no te habías dado cuenta, de ahora en adelante no te
quedase la menor duda de lo que estaba pasando. Y vos miraste para todos lados,
levantando la cabeza y tensando para eso los músculos del cuello. Se ve que te
costaba, pero te demoraste un buen rato en vernos a todos, y al final me
miraste a mí y yo no sabía qué hacer con todo eso. Yo temía que me dijeras vení
para acá y contámelo todo, pero en cambio me dijiste dame una mano para
levantar un poco el respaldo. Y mientras yo le daba a la manija a los pies de
la cama de hierro, vos le ordenaste a Mirta que encendiera la luz, que no se
veía un pepino. Con la luz prendida todos se quedaron quietos, como
descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como
incómodos en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente.
Y para colmo, como para ponerlos aún
más en evidencia, como para que nadie se confundiera antes de tiempo, empezaste
a dar órdenes casi gritando, estirando el brazo con el suero que bailaba con
cada uno de tus ademanes, que vos papá te vas a casa, que vos José te la llevás
a Mirta que para leer revistas bastante tiene en su propio living, que ya mismo
alguien se ocupa de darle de cenar a Anita o se va a caer redonda en cualquier
momento, y que se dejan de joder y me vacían la pieza. Tu voz tronó con tal
autoridad que, en una fila sumisa y monocorde, fueron saliendo todos. Y cuando
yo me disponía a seguirlos sin mirar atrás, me frenaste en seco con un «vos te
quedás acá y cerrás la puerta». Como un chico que trata de pensar rápido una
disculpa verosímil, gané el tiempo que pude moviendo el picaporte con cuidado,
corriendo las cortinas para acabar de una vez por todas con la luz moribunda de
las siete, pateando y volviendo a su lugar la chata guarecida bajo la cama.
Pero al final no tuve más remedio que sentarme al lado tuyo, y encontrarme con
tus ojos preguntándome.
Te lo conté todo. Primero traté de
ser suave. Pero después supongo que me fui aflojando, como si necesitara hablar
con alguien sin eufemismos tontos, sin buscar y rebuscar atenuantes
tranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos creíbles de sanaciones
milagrosas. Te relaté cada uno de los diagnósticos sucesivos, el inútil
anecdotario del periplo de locos de los últimos dos meses, el puntilloso pésame
velado de los especialistas.
Vos te tomaste tu tiempo. Llorabas
mientras yo seguía el monótono detalle de nuestra pesadilla. Llorabas con
lágrimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres. Después,
cuando por fin me callé, cerraste los ojos y estuviste un largo rato respirando
muy hondo. Yo empecé a levantarme de a Poquito, casi sin ruido, como para
dejarte descansar, queriendo convencerme de que te habías dormido.
Y ahí pasó. Te incorporaste en la
cama con tal violencia que casi me tumbás de nuevo a la silla del susto. Me
agarraste casi por el cuello. Haciendo un guiñapo con mi camisa y mi corbata, y
miraste al fondo de mis ojos, corno buscando que lo que ibas a decirme me
quedara absolutamente claro. Tu cara se había transformado. Era una máscara
iracunda, orgullosa, llena de broncas y rencores. Y tan viva que daba miedo. Ya
no quedaban en tu piel rastros de las lágrimas. Sólo tenías lugar para la
furia. En ese momento me acordé. Te juro que hacía veinte años por lo menos que
aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece mentira cómo uno, a veces, no se
olvida de las cosas que se olvida. Porque cuándo me miraste así, y me agarraste
la ropa y me la estrujaste y me sacudiste, el dique del tiempo se me hizo
trizas, y el recuerdo de esa tarde de leyenda me ahogó de repente. Ahora, en el
hospital, no dijiste nada. Como si fuesen suficientes las chispas que salían de
tus ojos, y el rojo furioso de tu expresión crispada. Aquella vez, la primera,
cuando me agarraste, también era casi de noche. Y también yo estaba cagado de
miedo. Me habías mirado fijo y me habías gritado: «Todavía no perdimos, entendés.
Vos atajálo y dejáme a mí».
Jugábamos de visitantes, contra el
Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con el Estudiantil era uno de esos
nudos de la historia que, para cuándo uno nace, ya están anudados. Lo único que
le cabe al recién venido al mundo, si nació en el barrio, es tomar partido. Con
el Estudiantil o con el Belgrano. Sin medias tintas. Sin chance alguna de
escapar a la disyuntiva. De ahí para adelante, el destino está sellado. La línea
divisoria no puede ser traspuesta.
Ambos clubes jugaban en la misma
Liga, y los dos cruces que se producían cada año solían tener derivaciones
tumultuosas. Para colmo, ese año era más especial que nunca. Nosotros, en un
derrotero inusitado para nuestras campañas ordinarias, estábamos a un punto del
campeonato. Quiso el destino que nos tocara el Estudiantil en la última fecha.
Con cualquier otro equipo la cosa hubiese sido sencilla. Nos bastaba un simple
empate, y ningún osado delantero contrario iba a estar dispuesto a amargarnos
la fiesta a cambio de una fractura inopinada, y menos con el verano por delante
y el calor que dan los yesos desde el tobillo hasta la ingle. Pero con el
Estudiantil la cosa era distinta.
Entre argentinos hay una sola cosa
más dulce que el placer propio: la desgracia ajena. Dispuestos a cumplir con
ese anhelo folklórico, ellos se habían preparado para el partido con un fervor
sorprendente, que nada tenía que ver con el magro décimo puesto en la tabla con
el que despedían la temporada.
Lo malo era que lo nuestro, en el
Belgrano, era por cierto limitado: dos wines rápidos, un mediocampo ponedor, y
dos backs instintivamente sanguinarios, capaces de partir por la mitad hasta a
su propia madre, en el caso de que ella tuviera la mala idea de encarar para el
área con pelota dominada. Para colmo, de árbitro lo mandaron al negro Pérez, un
cabo de la Federal que partía de la base de que todos éramos delincuentes salvo
demostración irrefutable de lo contrario. Un árbitro tan mal predispuesto a
dejar pasar una pierna fuerte era lo peor que podía sucedernos. Igual nos
juramentamos vencer o vencer. También nosotros éramos argentinos: y darles la
vuelta olímpica en las narices, y en cancha de ellos, iba a ser por completo
inolvidable.
El partido salió caldeado. Nos
quedamos sin uno de los backs a los quince del primer tiempo, y si tengo que
ser sincero, Pérez estuvo blando. A los diez minutos el tipo ya había hecho
méritos suficientes como para ir preso. Pero su sacrificio no fue en vano: a
los delanteros de ellos les habrán dolido esos quince minutos, porque después
entraron poco, y prefirieron probar desde lejos. Las gradas eran un polvorín, y
había como doscientos voluntarios listos para encender la mecha. La cancha
tenía una sola tribuna, en uno de los laterales, que estaba copada por la gente
de ellos. Los nuestros se apiñaban en el resto del perímetro, bien pegados al
alambrado. Encima el gordo Nápoli, que tenía al pibe jugando de ocho en nuestro
cuadro, les sacaba fotos a los del Estudiantil y, aprovechando los pozos de
silencio, para que lo oyeran con claridad, les gritaba las gracias porque las
fotos le servían para el insectario que estaba armando.
El partido fue pasando como si los
segundos fueran de plomo. Yo me daba vuelta cada medio minuto y preguntaba
cuánto faltaba. Don Alberto estaba pegado al alambre, y me gritaba que me
dejara de joder y mirara el partido o me iba a comer un gol pavote. Pero yo no
preguntaba por idiota. Preguntaba porque sentía algo raro en el aire, como si
algo malo estuviese por pasar y yo no supiera cómo cuernos evitarlo. Cuando
terminaba el primer tiempo, mis dudas se disiparon abruptamente: el nueve de
ellos me la colgó en un ángulo desde afuera del área. Sacamos del medio y Pérez
nos mandó al vestuario. La hinchada del Estudiantil era una fiesta, y yo tenía
unas ganas de llorar que me moría.
Ahora me acuerdo como si fuera hoy.
Vos jugabas de cinco, y eras de lo mejorcito que teníamos. Pero en todo el
primer tiempo la habías visto pasar como si fueras imbécil. Las pocas pelotas
que habías conseguido, o te habían rebotado o se las habías dado a los
contrarios. Chiche no lo podía creer, y te gritaba como loco para hacerte
reaccionar. Trataba de que te calentaras con él, aunque fuera, como cuando
jugábamos en la calle. Pero vos seguías ahí, mirando para todos lados con cara
de estúpido. Siempre parado en el lugar equivocado, tirando pases espantosos,
cortando el juego con fules innecesarios.
En el entretiempo el gordo Nápoli
guardó la cámara y nos improvisó una charla técnica de emergencia. La verdad es
que habló bastante bien. Con su tradicional estilo ampuloso, y sin demorarse en
falsas ternuras, nos recordó lo que ya sabíamos: si perdíamos el partido, y
Estudiantil nos sonaba el campeonato, que ni aportáramos por el barrio porque
seríamos repudiados con justa razón por las fuerzas vivas de nuestra comunidad
belgraniana. Vos seguías ahí, sentado en un banco de listones grises, con las
piernas estiradas y la cabeza baja. Cuando nos llamaron para el segundo tiempo,
tuve que ir a buscarte porque ni aún entonces te incorporaste. No sé si fue el
miedo o una inspiración mística y repentina, pero de pronto me vi casi
llorándote y pidiéndote que me dieras una mano, que no arrugaras, que te
necesitaba porque si no íbamos al muere. Se ve que te impresioné con tanta
charla y tanto brote emotivo (yo que siempre fui tan tímido), porque después te
levantaste y me dijiste solamente vamos, pero tu tono ya era el tuyo.
El segundo tiempo fue otra historia.
Ese se me pasó volando. Parece mentira como corre la vida cuando vas perdiendo.
Yo ya no preguntaba la hora. Don Alberto nos gritaba que le metiéramos pata,
que faltaba poco. Y a vos se te había acomodado la croqueta. Todas las que te
rebotaban en el primer tiempo, ahora las amansabas y las distribuías con
criterio. En lugar de regalar pelotas ponías pases profundos, bien medidos.
Pero no alcanzaba. Pegamos dos tiros en los palos, y el pibe de Nápoli se comió
dos mano a mano con el arquero (que encima andaba inspirado). Y para colmo, a
los treinta minutos a mí me empezó de nuevo la sensación de catástrofe
inminente.
No andaba mal encaminado. Jugados al
empate como estábamos, nos agarraron mal parados de contraataque: se vinieron
tres de ellos contra el back sobreviviente (Montanaro se llamaba) y yo. La
trajo el nueve y cerca del área la abrió a la izquierda para el once. Montanaro
se fue con él y lo atoró unos segundos, pero el otro logró sacar el centro que
le cayó a los pies de nuevo al nueve, y yo no tuve más remedio que salir a
achicarle. Parece mentira cómo a veces el hombre sucumbe a su propia pequeñez:
si el tipo la toca a la derecha para el siete, es gol seguro. Pero la carne es
débil: los gritos de la hinchada, el arco enorme de grande, el sueño de ser él
quien nos enterrase definitivamente en el oprobio. Mejor amagar, quebrar la
cintura, eludir al arquero, estar a punto de pasar a la inmortalidad con un gol
definitivo, y recibir una patada asesina en el tobillo izquierdo que lo tumbó
como un hachazo.
Pérez cobró de inmediato. El petiso
seguía aullando de dolor en el piso, pobre. Pero no me echaron. Tal vez fuese
el propio ambiente el que me puso a salvo. En efecto, se respiraba una ominosa
atmósfera de asunto concluido. Ellos se abrazaban por adelantado. Su hinchada
enfervorizada se regodeaba en el sueño hecho realidad. El gordo Nápoli lloraba
aferrado a los alambres. Don Alberto insultaba entre dientes. La verdad es que
en ese momento, si me hubiesen ofrecido irme, hubiese agarrado viaje. Intuía ya
el grito feroz que iban a proferir cuando convirtieran el penal. Ya me veía
tirado en el piso, con esos mugrientos saltando y abrazándose alrededor mío,
pateando una vez y otra la pelota contra la red. Me volví a buscar la cara de
Don Alberto en medio de los rostros entristecidos. «Faltan tres», me dijo cuándo
nuestros ojos por fin se encontraron. Y era como una sentencia inquebrantable.
Ahí bajé definitivamente los brazos. Un dos a cero es definitivo cuando faltan
tres minutos y uno es visitante. De local vaya y pase, aunque tampoco. ¿Cómo
dar vuelta semejante cosa?
Me fui a parar a la línea como quien
se dirige al cadalso. Lo único que quería ahora era que pasara pronto. Sacarme
de una vez por todas a esos energúmenos borrachos en la arrogancia de la
victoria.
Y entonces caíste vos. Nunca supe qué
habías estado haciendo todo ese tiempo. O tal vez fueron sólo segundos, que a
mí me parecieron siglos. Pero lo cierto es que cuando levanté la cabeza te
tenía adelante. Me agarraste el cuello del buzo y me lo retorciste. Me
zarandeaste de lo lindo, mientras me gritabas: «¡Reaccioná, carajo,
reaccioná!». Tu cara metía miedo. Era una mezcla explosiva de bronca y de
rencor y de determinación y de certeza. La misma que pusiste ayer en la cama, y
que me hizo acordar de todo esto. Me miraste al fondo de los ojos, como para
que no me distrajera en el batifondo de los gritos y los cohetes y los consejos
de tiráte para acá, arquero, tiráte para el otro lado, pibe. Cuando te
aseguraste de que te estaba mirando y escuchando, y teniéndome bien agarrado
del cuello me dijiste: «Atajálo, Manuel. Atajálo por lo que más quieras. Si vos
lo atajás yo te juro que lo empato. Prometéme que lo atajás, hermanito. Yo te
juro que lo empato».
Me encontré diciéndote que sí, que te
quedaras tranquilo. Y no por llevarte la corriente, nada de eso. Era como si tu
voz hubiese llevado algo adherido, como un perfume a cosa verdadera que
apaciguaba al destino y era capaz de enderezarlo. De ahí en más ya fui yo mismo.
Cumplí todos los ritos que debe
cumplir un arquero en esos casos límite. Iba a patearlo Genaro, el dos de
ellos, un tano bruto y macizo que sacaba unos chumbazos impresionantes. Me
acerqué a acomodarle la pelota, arguyendo que estaba adelantada. La giré un par
de veces y la deposité con gesto casi delicado, en el mismo lugar de donde la
había levantado. Pero a Genaro le dejé la inquietante sensación de habérsela engualichado
o algo por el estilo. Volvió a adelantarse y a acomodarla a su antojo. De nuevo
dejé mi lugar en la línea del arco y repetí el procedimiento. Pero esta vez, y
asegurándome de estar de espaldas al árbitro, lo enriquecí con un escupitajo
bien cargado, que deposité veloz sobre uno de los gajos negros del balón.
Genaro, francamente ofuscado, volvió hasta la pelota, la restregó contra el
pasto, y me denunció reiteradas veces al juez Pérez. Sabiéndome al límite de la
tolerancia, e intuyendo que el tipo ya iba incubando ganas de asesinarme, volví
a acercarme con ademanes grandilocuentes. Invoqué a viva voz mis derechos
cercenados, y mientras le tocaba de nuevo la pelota le dije a Genaro, lo
suficientemente bajo como para que sólo él me escuchara, que después de errar
el penal mi hermano iba a empatarle el partido, que se iba a tener que mudar a
La Quiaca de la vergüenza, pero que en agradecimiento yo le prometía que iba a
dejar de afilar con su novia. Genaro optó por putearme a los alaridos, como era
esperable de cualquier varón honesto y bien nacido. Pérez lo reprendió
severamente, y a mí me mandó a la línea del arco con un gesto que va no admitía
dilaciones.
En ese momento empezó a rodar el
milagro. Me jugué apenas a la izquierda, pero me quedé bien erguido: Genaro le
pegaba muy fuerte pero sin inclinarse, y la pelota solía salir más bien alta.
Le dio con furia, con ganas de aplastarme, de humillarme hasta el fondo de mi
alma irredenta. Tuve un instante de pánico cuando sentí la pelota en la punta
de mis guantes: era tal la violencia que traía que no iba a poder evitar que me
venciera las manos. De hecho así fue, pero había conseguido cambiarle la
trayectoria: después de torcerme las muñecas la pelota se estrelló en el
travesaño y picó hacia afuera, a unos veinte centímetros de la línea. Me
incorporé justo a tiempo para atraparla, y para que los noventa y cinco kilos
de Genaro me aplastaran los huesos, la cabeza, las articulaciones. Pérez cobró
el tiro libre y me gritó: «Juegue».
No me detuve a escuchar los gritos de
alegría de los nuestros. Me incorporé como pude y te busqué desesperado.
Estabas en el medio campo, totalmente libre de marca: ellos volvían
desconcertados, como no pudiendo creer que tuvieran todavía que aplazar el
grito del triunfo. Te la tiré bastante mal por cierto; pero como andabas
inspirado la dominaste con dos movimientos. Levantaste la cabeza y se la
tiraste al pibe de Nápoli que corrió como una flecha por la izquierda. Sacó un
centro hermoso, bien llovido al área, pero alguno de ellos consiguió revolearla
al córner.
Era la última. Pérez ya miraba de
reojo su muñeca, con ganas de terminarlo. Fuimos todos a buscar el centro. Lo
mío era un acto simbólico. Si me hubiese caído a mí hubiera sido incapaz de
cabecear con puntería. Al arco me defendía, pero afuera era una tabla con
patas. El centro lo tiró de nuevo Nápoli, pero esta vez le salió más pasado y
más abierto, y bajó casi en el vértice del área. Vos estabas de espaldas al
arco. El sol ya se había ido, y no se veía bien ni la cancha ni la pelota.
Mientras estuvo alta, donde el aire todavía era más claro, la vi pasar encima mío
sin esperanza. Cuando te llegó a vos, supongo que debía ser poco más que una
sombra sibilante.
Parece mentira cómo todos estos años
lo tuve olvidado, porque mientras avanzo en el recuerdo los detalles se me
agolpan con una vigencia pasmosa. Porque fue justo ahí, mientras yo pensaba
sonamos, pasó de largo, ahora la revienta alguno de ellos y Pérez lo termina,
fue ahí que el milagro concluyó su ciclo legendario. La camiseta con el cinco
en la espalda, las piernas volando acompasadas, la izquierda en alto, después
la derecha, la chilena lanzada en el vacío, y la sombra blanquecina cambiando
el rumbo, torciendo la historia para siempre, viajando y silbando en una
parábola misteriosa, sobrevolando cabezas incrédulas, sorteando con lo justo el
manotazo de un arquero horrorizado en la certidumbre de que la bola lo sobraba,
de que caía para siempre contra una red vencida por el resto de la eternidad,
de que era uno a uno y a cobrar. Y nada más en el recuerdo, porque ya con eso
era demasiado, apenas un vestigio de energía para salir corriendo, para
treparse al alambrado, para tirarse al piso a llorar de la alegría, para
encontrarme con vos en un abrazo mudo y sollozante, para que el gordo Nápoli
resucitara la cámara y las fotos para el insectario, y los gestos obscenos, y
el grito multiplicado en cien gargantas, y el tumulto feliz en el mediocampo, y
la vuelta olímpica lejos del lateral para librarnos de los gargajos.
Ayer a la nochecita, con esa cara de
loco y ese puño arrugándome la ropa, me hiciste retroceder veinte años, a
cuando vos tenías quince y yo dieciséis, a tu fe ciega y al exacto punto de tu
chilena legendaria, heroica, repentina, capaz de torcer los rumbos sellados del
destino. Ni vos ni yo tuvimos, ayer, ganas de hablar de aquello. Pero yo sabía
que vos sabías que ambos estábamos pensando en lo mismo, recordando lo mismo,
confiando en lo mismo. Y nos pusimos a llorar abrazados como dos minas. Y
moqueamos un buen rato, hasta que me empujaste y te dejaste caer en la cama, y
me dijiste dejáme solo, andá con los demás que van a preocuparse. Y yo te hice
caso, porque en la penumbra de la pieza te vi los ojos, llenos de bronca y de
rencor, llenos de una furia ciega. Y me quedé tranquilo.
La noche me la pasé en la capilla de
la clínica, rezando y cabeceando de sueño pero sin darme por vencido. Recién
cuando te llevaron al quirófano me fui hasta la cafetería a tomar un café con
leche con medialunas. Me la llevé a Anita, que estaba hecha un trapo, pobrecita.
Lógicamente no le dije nada de lo de anoche, porque pensé que con el batuque
que debía tener ahora en el balero me iba a sacar rajando si empezaba a
desempolvar historias antiguas. A los demás tampoco les dije nada. Los dejé que
volvieran con su velorio portátil, esta vez improvisado en la sala de espera
del quirófano, a dejar pasar las horas, a consolarla a Anita y a los chicos, a
murmurar ensayos de resignación y de entereza.
Ni siquiera dije nada cuando salió
Rivas hecho una tromba, cuando la agarró a Anita del brazo y ella lo escuchó
llorando pero maravillada, agradecida, incrédula, ni cuando él habló y
gesticuló y dejó que se le desordenara el pelo engominado, ni cuando la voz
entró a correr entre los presentes, ni cuando empezaron a oírse exclamaciones
contenidas y risitas tímidas buscando otras risas cómplices para animarse a
tronar en carcajadas y gritos de júbilo, ni cuando Anita me lo trajo a Rivas
para que lo oyera de sus labios.
Ahí tampoco dije nada, aunque lloré
de lo lindo. Yo lloraba de emoción, es claro. Pero no de sorpresa. No con la
sorpresa todavía descreída, todavía tensa y desconfiada de José, de Mirta, de
los chicos, de la propia Anita. Yo también, en su lugar, hubiese estado
sorprendido. Para ellos este milagro es el primero. Al fin y al cabo, ellos no
vivieron aquel partido de epopeya. Y no le dieron la vuelta olímpica al
Estudiantil en cancha de ellos, con el gol tuyo de chilena.
Síguenos
en:
facebook.com/Los Goles del Ángel
Twitter: @GolesdelAngel
losgolesdelangel.blogspot.com

Un lind cuento con la pasión de los argentinos para el futbol, hermosa narrativa, muy buen link
ResponderEliminarEduardo Sacheri es reconocido internacionalmente por su gusto por los cuentos con temática del fútbol. Qué bueno que disfrutaste el cuento "De chilena" de este fantástico autor.
ResponderEliminar